Cuando mi madre y su grupo de aficionados al teatro
ensayaban sus obras a pleno sol en el cementerio de Montjuic, yo aprovechaba para
jugar a las canicas con mis amigos. Siempre que me lo permitían con mi vestido
de tul, blanco inmaculado, a imagen y semejanza del que llevaba madre. Era mi
preferido aunque totalmente inapropiado para ir por los suelos y siempre,
siempre, con el pelo suelto, lo tenía tan largo que me hacia la función de
escoba espontánea y en consecuencia, siempre me acompañaba una bruma de polvo
que me daba un aire un tanto misterioso.
-!
Allí está la niña fantasma ! - me gritaban unos niños recién
llegados que tenían un acento extraño.
Aquel julio de juegos inocentes se fue caldeando más
y más. A mediados de mes estalló. Abel y Caín enfrentados. España se mataba
entre hermanos. Fusilamientos, envidias
enquistadas, iglesias quemadas, crueldad, muerte.
-¡Mamá,
mamá! ¿Qué estás escondiendo? - le oí decir a mi madre mientras que mi abuela viniendo de la iglesia mentía
- “Nada, nada hija, nada.”
Las vías de los trenes servían de pentagrama
improvisado donde se iban depositando los cuerpos de los que les habían dado el
“paseíllo”. Mi madre, una mujer más audaz que valiente iba a consolarlos en sus
últimos estertores de vida, los arropaba, los arrullaba si lloraban y los
acompañaba en su último viaje.
De pronto los vi entrar. Los conocía. Mi madre y mi
abuela habían dado de comer en muchas ocasiones a sus hijos. Eran los padres de
los recién llegados.
-¿Dónde
lo escondéis? - gritaron.
- ¡Sabemos que guardáis por aquí esa maldita imagen!
-¡No
zarandeéis a mi madre que ha cuidado de vuestros hijos! -les increpó mi madre
al ver como trataban a la abuela.
Se escuchó una ráfaga de metralleta que creó una
línea horizontal casi perfecta en la pared desconchada. Dos cuerpos cayeron. Mi
abuela y mi madre. Yo no di la talla tenía sólo 8 años.
El vestido blanco de tul de mi madre empezó a
teñirse de rojo, parecía que una araña gigantesca se apoderaba de él al mismo
tiempo que yo perdía mi inocencia.
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